Caroline caminaba lentamente por la ciudad desierta y la mente perdida en la música que en aquel instante resonaba en sus oídos. El volumen estaba tan alto, que no podía escuchar el sonido de arrastre que continuaba siguiéndola desde que salió del bar hasta ese momento, cuando estaba a pocas cuadras de su casa.
Las tres de la madrugada, no era la mejor hora para andar caminando por aquellas calles. No había un alma en todo el barrio. Los edificios abandonados no podían contarse con los dedos de las manos, los autos eran casi inexistentes, el olor a putrefacción rondaba en el aire debido a la cercanía con el lago contaminado.
Caroline solía bañarse allí cuando era pequeña, pero luego las fabricas aparecieron misteriosamente a su alrededor y arruinaron el agua en unos pocos años.
Aquella noche, particularmente, parecía que el hedor hubiese aumentado, al igual que la oscuridad. No había luna ni estrellas que iluminaran el cielo o al menos no tenían la suficiente luz como para que una persona pudiese ver a aquel que venia pisándole los talones.
Caroline freno su paso frente a la puerta de su casa y comenzó a buscar sus llaves en la mochila que había decidido usar esta vez. Las cadenas que amarraba al cinturón de su pollera negra a tablas, se enredaban con las tachas y cadenas de la mochila.
Su pelo negro caía por su espalda con algunos mechones verdes y otros rojos. Era imposible que no llamara cuando caminaba. Sobretodo, se hacia imposible no mirarla cuando fijaba su mirada en los ojos de cualquier otra persona. El color verde con puntillas rojizas de sus ojos hacia un contraste de lo mas excéntrico cuando se delineaba con negro tanto el parpado de arriba como el de abajo.
La sombra que continuaba detrás de ella, a cada segundo que pasaba estaba mas cerca pero Caroline no se percataba en lo más mínimo de la cercanía que tenia con el mismísimo Ángel de la Muerte.
Cualquiera que viera a aquel extraño ser diría que no caminaba, mas bien parecía estar arrastrándose, pero aquella tampoco seria una manera de explicar la forma en que sus pies o lo que se podría suponer que eran aquellas dos extremidades, parecían estar elevados a unos centímetros del suelo. Casi parecían estar volando lentamente, pero siempre a unos pocos centímetros. La enorme capa negra cubría absolutamente todo el cuerpo e incluso la cabeza y el rostro estaban ocultos tras la gran capucha. Lo único que podía distinguirse eran los finos, huesudos y largos dedos de su mano derecha. Estos sostenían un gran palo negro, que terminaba en una especie de cuchilla grande y muy filosa, algo que la sociedad comúnmente denominaban Hoz.
El Ángel de la Muerte, levanto su mano izquierda en dirección a Caroline lentamente y de una forma mas humana de lo que se podría creer de un ser tan diferente a los mortales.
Parecía querer acariciarle el cabello, como si nada mas quisiera avisarle que allí no estaba sola pero antes de lo previsto, Caroline encontró las llaves y atravesó el corto camino hasta llegar a la puerta de entrada de su propia casa. Aun no se había percatado de la presencia y tampoco lo hizo mas tarde, cuando ya estaba en su habitación, recostada entre las sabanas de su cama.
El Ángel continuo fuera de la casa durante unas horas mas, esperando que, quizás, Caroline se diera cuenta que allí afuera alguien la esperaba. Sin embargo, el sol comenzó a salir y la Muerte se dio cuenta que nadie iba a atravesar aquella puerta en su dirección. Espero unos segundos mas y se dio por vencido, volviendo a la oscuridad de donde había salido antes que el sol la hiciera desaparecer.





