domingo, 12 de julio de 2015

Crazy things

Solo necesito hablar. No importa de qué ni a quién ni cómo ni cuándo.
Me gustaría poder tener una conversación cherente con alguien totalmente desconocido y que me explicase lo que se le pasa por la cabeza al escuchar mis pensamientos,

A veces me confundo en mi propio mundo y no se qué camino tomar para escaparme. A su vez no quiero escaparme porque dejar las cosas por la mitad me irrita, me molesta y me transforma en una persona ansiosa y desesperada. No me gusta tener indefiniciones. Necesito saber el final.
Pero, sin embargo, no puedo saber el final de todo ¿No? No se si el amor es para siempre, si la cordura va a estar conmigo el resto de mi vida, si voy a volverme inmortal, si voy a casarme, si tendré hijos.-


"A la edad de nueve años, una chiquilla inocente de nueve años vagaba por su cementerio favorito.
Le gustaba hurgar entre las tumbas, abrir los viejos ataudes y observar a aquellos restos que antiguamente fueron humanos de carne y hueso que vagaban por la tierra.
En esta ocasión necesitaba despegar su cabeza de la realidad y tan solo caminaba pensativa, mirando alrededor, como si acaso necesitara con urgencia encontrar algo.
Todo era tan insípido, sin sentido alguno, gris. Todas las placas decían lo mismo.
Todas excepto una.
Se acercó y notó que lo diferente era que no estaba escrita. No había nada, ni siquiera una fecha.
El ataud estaba fuera del pozo cavado y la pequeña aprovecho para quitar la tapa y mirar dentro. No había nada. ¿Sería para alguien nuevo? Daba igual.
Primero metió un pie, luego el otro y así hasta recostarse suavemente en su interior y desde allí, cerró la tapa todo lo que pudo.
Quiso imaginarse lo que sucedería si ella estaba muerta y cerró los ojos por un momento.
Su alma se desprendió del cuerpo, traspasando la madera y pudo observar todo por primera vez en su vida.
Niños, padres, abuelos, hermanos, tíos, toda clase de personas de todas las épocas la observaban con atención. ¿Quién era esta nueva criatura en el mundo de los muertos?"

Un hombre sacudió su campera luego de visitar la tumba de un anciano de su familia que él había considerado casi como un padre y caminó hacia la salida del cementerio pero algo llamó su atención. Un ataud desenterrado estaba dulcemente depositado en el suelo frío.
Por alguna razón lo abrió y lo que vio lo paralizó.
Una pequeña niña allí, recostada. Parecía dormida.
La tomó en sus brazos, levantando su cuerpo caliente pero una rafaga de viento se acercó con tanta furia que la desarmó. La convirtió en humo y ceniza y la pequeña desapareció.

Ella nunca estuvo viva. Ella nunca existió. Ella estuvo en mi mente por un breve tiempo y la hice desaparecer.

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