Él no puede creerlo, no quiere creerlo. No, Julieta no podía estar allí, Julieta no podía estar tan blanca, tan fría. Se acerca lentamente al cajón mientras lagrimas caían por su rostro. ¿De verdad había muerto? ¿De verdad no podría nunca más besarla, amarla, adorarla? Ella estaba tan… angelical, tan hermosa, como siempre lo había sido. Comenzó a murmurar cosas aunque no sabía a quien se las estaba diciendo. No podía pensar con claridad, pero una sola cosa era segura: Julieta estaba muerta y él se debía unir a ella sin más pérdida de tiempo.“No puede ser, no puede ser” decía en su mente una y otra vez. Llevaba el veneno en su mano aun. Había vencido por fin a Paris y lo único que sentía era el dolor por haberla perdido a ella. ¿Por qué Julieta? No era justo, sencillamente no era justo. Su único amor, había fallecido por culpa suya. O mejor dicho, había fallecido por el amor que le tenía a él. Romeo no dejaría que todo terminara allí mismo. Algo debía hacer y sabía perfectamente que.
Diciendo sus últimas palabras bebió todo lo que había dentro de la botella. Aquel veneno que pronto lo haría encontrarse con Julieta. ¿Para que perder más tiempo? Por fin podría amarla sin ninguna frontera, sin ninguna discusión de familias. Él y Julieta podrían por fin ser amantes en la noche.
¡Oh, fiel boticario! Tus drogas son activas. -Así, besando muero.
Su visión se nublaba y ya casi no podía abrir los ojos, de hecho ni siquiera tenia fuerzas suficientes para seguir con la cabeza en alto y se desplomo. Oscuridad, eso era lo único que podía ver.
Julieta abre sus ojos y mira alrededor. No comprende muy bien lo que sucede. Fray Lorenzo habla sobre muerte. ¿Muerte? ¿Quién? “Ven, sal de aquí; tu esposo yace ahí, a tu lado, sin vida, y Paris también.” No, Romeo… por favor que no fuera Romeo.
La desesperación se apodero de ella al verlo allí tendido. Lagrimas recorrieron su rostro, pero seria la ultima vez. Podía escuchar ruidos, contestaba al Padre sin saber que estaba diciéndole por que su cabeza solo giraba en torno a que ella había perdido a Romeo.
Los recuerdos que tenia con él aparecieron en su mente como viejas fotografías y no pudo contener un débil sollozo. ¿Por qué todo había tenido que salir tan mal? Quizás si ella jamás hubiera aparecido en su vida… pero no tenía sentido lamentarse. Si ella no hubiese aparecido nunca, Romeo jamás habría conocido el amor, y jamás habría sido amado tan profundamente como Julieta lo amaba. En cuanto a ella, su vida no tendría ningún sentido si no hubiera conocido a Romeo. Seguramente hubiera seguido viviendo algunos años mas, pero a un precio demasiado alto. Sin amar y sin ser amada.
Noto la botella del veneno y la tomo, lamentándose una y otra vez. No había nada allí, se había bebido todo. ¿Por qué no había dejado algo para ella? ¿No había recordado que eran una sola persona? Si uno moría, el otro indudablemente debía morir también.
Beso los labios de su amado una vez pero no había rastro del veneno mortal, pero no era necesario el veneno cuando había una daga de por medio. Sin vacilar, la tomo entre sus manos. Temblaba pero no eran nervios, era ansiedad. Necesitaba sentir a Romeo abrazándola, necesitaba que su voz le dijera que la amaba. Respiro hondo una sola vez más, no hacia falta más que dar el último respiro, solo debía…
La daga atravesó su piel sin ningún problema y ella cayo encima de Romeo cuando su corazón dejo de latir.
Pasaron unos pocos minutos antes que todas las demás personas pasaran por allí haciendo escándalos, discutiendo y tratando de entender que había sucedido dentro de aquel lugar, pero ya nada tenia sentido. Pedían disculpas unos a otros, pero eso no haría que los jóvenes regresaran a la vida.
- Oh, Romeo, Romeo... – susurro ella al verlo llegar.
Aquel saludo sonó tan sincero, tan armonioso, angelical, tan perfecto y a la vez tan lleno de amor que incluso dolía un poco escucharlo.
Él solo le sonrió acercándose para abrazarla, estrecharla entre sus brazos como haría el resto de la eternidad.
- ¿Dónde estamos, mi Romeo? – quiso saber, aunque el silencio se apodero del reencuentro y no quiso interrumpirlo para repetir su pregunta.
¿Qué importaba donde estuvieran? Estaban juntos, por fin estaban juntos, como debían haber estado desde un principio.